La náusea

viernes, 13 de junio de 2008

Cógito cartesiano y cógito prerreflexivo

Maximiliano Basilio Cladakis

Para Descartes el punto de apoyo de toda investigación que pretenda considerarse válida es la certeza de sí, el cógito como evidencia absoluta e irrefutable. Dicho punto de partida será retomado y reelaborado más de una vez por la filosofía posterior. Leibnitz, Spinoza y Kant serán algunos de los pensadores que seguirán la premisa establecida por el autor de las Meditaciones metafísicas. El conocimiento, tal cual se presenta en la modernidad, se arraigará en esta posición que hace del sujeto el fundamento de toda ciencia y de toda verdad.

No caben dudas de que Sartre también considera que es en la subjetividad humana desde donde toda investigación acerca del ser y de la verdad debe de partir. “En el punto de partida no puede haber otra verdad que esta: pienso, luego soy; ésta es la verdad absoluta de la conciencia captándose a sí misma”[1]. La conciencia siendo conciencia de sí, es entonces la piedra base del pensamiento sartriano.

Con todo, Sartre se presenta como crítico del pensamiento moderno y de la postulación del cógito cartesiano como fundamento del ser y del saber. Descartes llega a la evidencia del cógito tras andar un largo camino. Sentado frente a la estufa, dispuesto a encontrar una evidencia que sea irrefutable, adopta como método de investigación la duda radical. Los objetos, el mundo, toda la realidad, se le aparecen como algo posible de ser falso, incluso la misma distinción entre sueño y vigilia no resulta como algo de lo que pudiera tenerse una certeza plena. “(…) veo de un modo tan manifiesto que no hay indicios concluyentes ni trazas suficientemente ciertas para distinguir de un modo muy neto, el sueño de la vigilia (…)[2]. Descartes, por tanto, duda de todo; sin embargo hay algo de lo que no puede dudar, esto es, de que está dudando. Si está dudando quiere decir que está pensando y si piensa, existe. A partir, entonces, de la certeza de sí se constituirá el conocimiento, el ser y la verdad.


El sujeto cartesiano se funda por medio de la reflexión. El sí mismo, como conciencia de la conciencia, no se da de manera inmediata sino que, por el contrario, dicha certeza se establece como mediada por la investigación. Es sabido que, tras el hallazgo de la verdad del cógito, a Descartes se le presenta el problema de la existencia de todo aquello que no es él mismo. La duda metódica le llevó a cuestionar la realidad en su totalidad, si bien halló como evidencia incuestionable su propia existencia, la existencia o no existencia de la realidad exterior continuaba sin encontrar respuesta. El filósofo-científico intentará salir del meollo del solipsismo en el cual se introdujo y apelará para ello a Dios como garante de dicha realidad; a su vez, la afirmación de Dios mismo se fundará en la conciencia y en las cualidades de esta, en este caso en particular, en su imperfección ya que al ser imperfecta y tener, a la vez, en sí el concepto de lo perfecto, este último debe de existir necesariamente fuera de ella.

Sartre criticará esta concepción del cógito como sujeto del conocimiento, a la certeza de sí como producto de la reflexión, negará la primacía de la conciencia cognoscente por sobre toda otra conciencia. En efecto, siguiendo la línea de pensamiento establecida por Husserl y por Heidegger, sostendrá que el cógito cartesiano se funda en una experiencia más originaria, que no es ella lo fundante sino lo fundado. En Sartre por él mismo, el autor dice: “el “existo luego soy” y no el “pienso luego existo” de Descartes fue verdaderamente y sigue siendo mi pensamiento filosófico esencial”[3]. La conciencia “es” antes de toda reflexión y la conciencia reflexiva, cartesiana, no es sino uno de sus modos de ser. El pensamiento, entendido como pensamiento “científico”, filosófico, es ontologicamente posterior a la existencia de la conciencia. (si Sartre reconoce la verdad del “pienso, luego existo” como en el párrafo de arriba es en el sentido “no-científico” del pensar, en el sentido de captación de sí mismo)

Frente al cógito cartesiano, Sartre opone el cógito prerreflexivo. Como dijimos antes, Descartes llega a la certeza de sí por medio de la reflexión y al llegar a dicha certeza vio a su existencia como única evidencia, el “pienso, luego existo” como único juicio válido. La conciencia quedaba sola, aislada; afirmada en su propio ser, no podía salir de sí misma ni estar segura de la existencia de la realidad externa. Precisamente, Sartre hará notar que la facticidad de la conciencia se da siempre en un mundo, la conciencia implica, pues, que “hay” mundo, que “hay” un afuera. “Toda conciencia, como ha demostrado Husserl, es conciencia de algo. Esto significa que no hay conciencia que no sea posición de un objeto trascendente, o, si se prefiere, que la conciencia no tiene contenido”[4]. En el ser mismo de la conciencia, por tanto, se evidencia la existencia de objetos existentes de los cuales la conciencia “es conciencia”. La conciencia está dada al mundo, entregada a él, y por tanto sin mundo exterior no habría conciencia. Precisamente, es a partir de ese “mundo externo” que la conciencia es certeza de sí. En el reconocimiento de un ser que no es ella misma, en el hecho de no ser ese ser que no es ella, la conciencia sabe de sí. La definición de la conciencia como “para sí” implica un desdoblamiento, un movimiento entre el ser y el no ser, que se enfrenta al ser pleno del “en sí”. “La conciencia es un ser para el cual su ser está en cuestión en tanto este ser implica un ser diferente de él mismo”[5]. El cógito prerreflexivo es el cógito “real”, el que antecede a todo postulado teórico; en términos husserlianos podríamos decir que es el estrato originario de la experiencia y donde se funda toda reflexión de manera posterior.

En El existencialismo es un humanismo Sartre observa que “por el yo pienso, contrariamente a la filosofía de Descartes, contrariamente a la filosofía de Kant, nos captamos a nosotros mismos frente al otro, y el otro es tan cierto para nosotros como nosotros mismos”[6]. En efecto, a diferencia de la filosofía inaugurada por Descartes, el existencialismo sartriano señalará que el otro está siempre “ahí” y que es un elemento constitutivo de mi propio cógito. Si la conciencia cartesiana (que en este punto será la misma que la kantiana) se ve en un problema para la legitimación de la existencia de otra conciencia, en Sartre esta se presenta como una inmediatez de la facticidad por la que la conciencia “es” en el mundo. El autor de La nausea, aunque critica la tesis del “saber absoluto”, reconoce que en su “dialéctica del amo y del esclavo” Hegel realiza una descripción de la subjetividad y de la intersubjetividad sin paralelos hasta entonces. “La intuición genial de Hegel consiste en hacerme depender del otro en mi ser”[7]. En efecto, la descripción fenomenológica realizada por Sartre en El ser y la nada sobre la mirada retomará varios aspectos de la especulación hegeliana para demostrar que la definición de mi ser sólo es posible en tanto haya, no sólo un mundo “fuera de mí”, sino también, otra subjetividad que este “ahí”, frente a mí. El “para sí”, pues, es también “para otro”.

El cógito cartesiano, por tanto, no es para Sartre más que una construcción intelectual realizada sobre un cógito prerreflexivo. No es ni siquiera posible concebir un “yo” aislado del mundo, una conciencia pura. La investigación cartesiana podría entenderse como un proceso de abstracción que parte del “ser en el mundo” de Descartes. Es decir, cuando Descartes realiza sus meditaciones es ya una conciencia del mundo, los objetos como la estufa están frente a él, su ser se haya entregado a estos, él se formó y se definió a través de la mirada el otro. Si bien en su reflexión sostiene que el cógito tiene certeza de sí aún cuando no tiene certeza de la existencia de una realidad exterior, su cógito “real” sigue siendo efectivamente “en el mundo”, su conciencia es, siempre, conciencia de algo. Descartes intenta probar lo que es dado facticamente, lo que no se necesita probar puesto que “es”; no es posible probar la existencia de las cosas, como tampoco es posible probar la existencia de uno mismo. “(…) Descartes no ha probado su propia existencia. Pues, en efecto, yo siempre he sabido que existía, no he cesado jamás de practicar el cógito[8].







[1] Sartre, Jean-Paul, El existencialismo es un humanismo, traducción: Patri de Fernández, Victoria, Sur, Buenos Aires, 1947, p. 31.
[2] Descartes, René, Meditaciones metafísicas, traducción: Albano, Sergio, Gradifco, Buenos Aires, p. 89.
[3] Sartre, Jean-Paul, Sartre por él mismo, trad: Schvartzaman, Julio, Losada, Buenos Aires, 1979, p. 93.
[4] Sartre, Jean-Paul, El ser y la nada, trad: Valmar, Juan, Altaza, Barcelona, 1993, p. 21.
[5] Sartre, Jean-Paul, El ser y la nada, p. 31.
[6] Sartre, Jean-Paul, El existencialismo es un humanismo, p. 32
[7] Sartre, Jean-Paul, El ser y la nada, p. 266.
[8] Ibíd., p.279.