La náusea

viernes, 24 de octubre de 2008

Libertad y “ser en situación”



Maximiliano Basilio Cladakis

Para Sartre el concepto de nada y el de libertad se encuentran íntimamente ligados. Esta última se presenta “como condición requerida para la nihilización de la nada”[1]. La conciencia nihiliza la nada introduciendo la negación en el mundo porque ella es libertad. El ser propio de la conciencia es la libertad, lo que implica que el ser propio de la conciencia es negar al ser.

Eduardo Bello realiza una interesante comparación entre el sentido de la libertad en Sartre y en Hegel. El estudioso español observa la manera en que Sartre retoma algunas cuestiones planteadas en la Fenomenología del espíritu, más precisamente en el capítulo destinado a la conciencia desgraciada. Aquí, Hegel describe al escepticismo como el momento de la libertad absoluta dentro del despliegue de la autoconciencia. Esta se reconoce como otro frente al mundo y niega la totalidad del “ser ahí” natural. Hegel concibe a la libertad como negación; Sartre hace lo mismo. Sin embargo, Bello señala dos diferencias fundamentales entre el filósofo alemán y el filósofo francés. Por un lado, “mientras Hegel da prioridad al pensar, Sartre privilegia el sum; no se queda en la cosa pensante”[2]. Siguiendo a Kojeve podríamos decir que la libertad absoluta de la conciencia escéptica es tan sólo libertad de pensamiento; efectivamente, en Sartre tal libertad no es sólo de pensamiento sino de ser. Por otro lado, mientras que para Hegel la negatividad recae sobre el hombre, en favor de lo universal, en Sartre dicha negatividad recae sobre Dios en favor de la libertad absoluta del hombre; “(…) en el primer caso se niega la individualidad, la singularidad; mientras que en el segundo se niega el en-sí como fundamento de sí, ya que un en-sí-para-sí sería una contradictio in terminis*[3].

Con respecto a la libertad humana frente a lo absoluto, en La libertad cartesiana, Sartre le critica a Descartes (aunque sí le reconoce su concepción de la libertad como autonomía frente a Dios y al mundo[4]), el hecho de establecer verdades apriorísticas a las que el hombre debe asentir para realizar en modo pleno su libertad. Para Descartes, la libertad absoluta, que no responde a ninguna regla ni Bien superior, es la libertad divina. Sartre sostiene que lo que hace Descartes es hipostasear en Dios su propia libertad, es decir, hipostasear en Dios la libertad humana. En efecto, para el filósofo existencialista, la libertad humana es absoluta y, por tanto, no responde ni debe adecuarse a ninguna razón o bien anterior a ella, sino que es ella quien crea todo bien y toda razón.

En este último punto, podemos observar que si bien para Sartre la libertad es negatividad, esta misma negatividad implica una positividad. La conciencia, al no poseer ninguna determinación externa, más aún al negar toda determinación externa, es ella misma quien se autodetermina a partir de la creación de sí misma.

En El existencialismo es un humanismo se señala como fundamento de la doctrina existencialista que, en el hombre, la existencia es anterior a la esencia. Esto significa que el hombre es absolutamente libre y dicha libertad hace que el hombre se haga a sí mismo por medio de sus elecciones. No hay ninguna esencia o naturaleza universal que deba de realizarse. Esto es justamente lo que Sartre le critica al humanismo del siglo XVIII: que conciba que “el hombre es poseedor de una naturaleza humana; esta naturaleza humana, que es el concepto humano, se encuentra en todos los hombres”[5]. El hombre se inventa a sí mismo en cada caso e inventa la moral por la que se guía. Pues, si no hay una naturaleza humana, tampoco puede haber una moral de carácter universal. El caso del alumno que tiene que decidir entre ir a la guerra o quedarse al lado de su anciana madre es claro. Aun cuando intente apelar a la moral cristiana o, incluso, al imperativo categórico kantiano, el alumno elegiría por sí mismo, gratuitamente. El cristianismo ordena amar al prójimo y la doctrina de Kant, no tomar nunca al otro como un medio, sino considerarlo siempre como un fin en sí mismo. Sin embargo ¿Por qué prójimo velar? ¿A quién tomar como fin en sí mismo? ¿A la patria o a la madre? ¿Al ser abstracto o al ser concreto? Cualquiera que sea la elección del alumno, esta no encontraría justificación alguna más que su propia libertad. El hombre viene al mundo siendo nada y es a partir de su libertad que se “hace” a sí mismo. El existencialismo sabe esto y es un humanismo “porqué recordamos al hombre que no hay otro legislador que él mismo, y que es en el desamparo donde decidirá por sí mismo”[6].

En su artículo Historia e historicidad en el primer Sartre, Amparo Ariño Verdú sostiene que la conciencia sartriana es individual y solipsista[7]. Categorizaciones de este tipo son frecuentes. Sin lugar a dudas, algunas tesis de Sartre son “fuertes”; con todo, la catalogación de “solipsismo” necesitaría ser especificada. Si bien Sartre concibe a la libertad humana y a la autodeterminación de la conciencia como absolutos, hay que tener en cuenta que la conciencia es siempre conciencia de mundo, de la misma manera en que la libertad “absoluta” es, siempre, una libertad en situación. Aunque resulte paradójico, la libertad humana es absoluta a la vez que condicionada.

En ¿Qué es la literatura? Sartre observa que “el hombre no es más que una situación; un obrero no tiene libertad para pensar o sentir como un burgués, pero para que esta situación sea un hombre, todo un hombre, hace falta que sea vivida y dejada atrás hacia un fin determinado”[8]. Para Sartre el hombre es la situación en que se halla; lejos está, por tanto, de concebirlo como algo semejante al sujeto universal kantiano, o como al cógito sin mundo sostenido por Descartes. Precisamente, de las concepciones que piensan al hombre como un individuo independiente del mundo y de la colectividad de la que forma parte, afirma que no son sino el producto del pensamiento analítico de la burguesía, pensamiento que un momento sirvió a esta clase social para atacar el “Antiguo Régimen” y que “su única misión de hoy es turbar la conciencia revolucionaria y aislar a los hombres en beneficio de las clases privilegiadas”[9]. Sin embargo, tampoco concuerda con algunas tesis “sintéticas” que toman al hombre como un ser absolutamente determinado por el contexto social. El hombre es una situación, pero esa situación debe ser “vivida”. En el caso del obrero, Sartre señala que la situación de la explotación sólo tendrá sentido en tanto la libertad humana le otorgue uno; “(…) no es tolerable ni intolerable mientras una libertad no se resigne a ella o se rebele contra ella, es decir, mientras un hombre no se elija en ella, eligiendo el significado que ella pueda tener”[10]. El hombre está “inserto” en una situación ya dada y es en esa situación donde debe elegir. En el ejemplo antes dado, en el del alumno que debía optar entre ir o no a la guerra, el joven no había elegido su situación; sin embargo, debía elegir qué hacer, estaba obligado a ello. Y esa elección le correspondía sólo a él, haga lo haga era su responsabilidad.

Esta tesis aparece magistralmente dramatizada en Los caminos de la libertad. El primer tomo de la novela, La edad de la razón, nos muestra a Mateo, su protagonista, intentando llevar a cabo una tarea imposible: mantener una libertad abstracta, no comprometida. Sin embargo, el embarazo no querido de su amante, lo lleva a darse cuenta que debía elegirse de manera concreta, en la situación que le “había tocado”, y que a partir de esa elección se definiría a sí mismo. Tras una serie de desventuras, la madre de su futuro hijo termina yéndose con un amigo de él; entonces Mateo se percata de que él se ha convertido en un “reventado” y eso es pura y exclusivamente responsabilidad suya. Otra excelente dramatización del vínculo intrínseco entre la libertad y la situación si bien no de Sartre pero visiblemente inspirada por él, es La sangre de los otros de Simone de Beauvoir. Allí podemos encontrar las tesis sartrianas llevadas al extremo. El sentimiento de culpa por ser parte de una familia burguesa, la responsabilidad sobre los otros, las relaciones de pareja, la guerra y la violencia, en cada uno de estos temas aparece la imposibilidad de la no elección y la imposibilidad de no comprometerse en cada elección, aún cuando no se hayan elegido los términos de esta. “Yo no elegí ser, pero soy. Un absurdo responsable de sí mismo”[11], dice Juan Blomart, su protagonista, en un momento de la novela.

Lo absoluto de la libertad se encuentra en la situación misma. Dentro de ella, el hombre elige. La elección es absolutamente gratuita y apelar a excusas es, para Sartre, obrar de “mala fe”. El ejemplo del jugador citado en El ser y la nada es bien claro. Un hombre adicto al juego, un día elige dejar de jugar, pero otro día, frente a la mesa de juego, siente el impulso de volver a hacerlo. Para Sartre “nada hay en nosotros que se parezca a un debate interior”[12], por lo tanto, lo que angustia a dicho jugador no es una supuesta lucha entre fuerzas inconscientes, sino la nulidad de la elección pasada. “Estoy solo y desnudo como la víspera ante la tentación y, tras haber edificado pacientemente barreras y muros, tras haberme encerrado en el círculo mágico de una resolución, percibo con angustia que nada me impide jugar”[13]. El hombre, pues, no se elige de una vez para siempre, sino que, por el contrario, está “condenado” a elegirse a cada instante, en cada situación. No puede escapar a ello, su libertad lo obliga a inventarse constantemente.



[1] Sartre, Jean Paul, El ser y la nada, trad: Valmar, Juan, Altaya, Barcelona, 1993, , p. 60.
[2] Bello, Eduardo, De Sartre a Merleau-Ponty, Capítulo I, Secretaria de Publicaciones de la Universidad de Murcia, 1969.p. 76.
* Sobre la cuestión de la imposibilidad de un en-sí-para-sí, en una de sus últimas entrevistas Sartre dirá que señalar tal imposibilidad era el objetivo principal de El ser y la nada. Demostrar esto sería, Según Sartre, demostrar la inexistencia de Dios ya que el concepto de Dios es el de un en-sí-para-sí.
[3] Sartre, Jean Paul, Situations 1, Gallimard, Paris, 1947, p. 314.
[4] Libertad cartesiana
[5] Sartre, Jean-Paul, El existencialismo es un humanismo, traducción: Patri de Fernández, Victoria, Sur, Buenos Aires, 1947, p. 15.
[6] Ibíd. P. 43.
[7] Fenomenología e historia, UNED, Madrid, 2003, p. 117.
[8] Sartre, Jean Paul, ¿Qué es la literatura?, trad: Brenárdez, Aurora, Losada, Buenos Aires, 1962, p. 21.
[9] Ibíd., p. 16.
[10] Ibíd., p. 20.
[11] De Beauvoir, Simone, La sangre de los otros, trad: Ferro, Hellen, Siglo XX, Buenos Aires, 1967, p. 100.
[12] El ser y la nada, p. 68.
[13] Ibíd.

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