La náusea

jueves, 15 de enero de 2009

Sobre la acción



Maximiliano Basilio Cladakis

En El ser y la nada Sartre sostiene que “(…) una acción, por principio, es intencional”[1]. Ella implica, por tanto, una transformación en la figura del mundo con el fin de proseguir determinados resultados. El caso del fumador que involuntariamente provocó una explosión es claro. Él no actuó. En cambio, el obrero que realiza una explosión a partir de una orden sí lo hace. Si bien los resultados pueden no ser totalmente acordes a lo esperado (e incluso pueden hasta llegar a ser exactamente lo contrario del fin por el cual se la realizó), lo que hace acción a la acción es que esta sea realizada con vistas a un fin. Sartre plantea el ejemplo histórico de la fundación de Constantinopla. Constantino probablemente no preveía que su traslado a Bizancio traería aparejado el debilitamiento del Imperio Romano, “empero ha llevado a cabo una acción en la medida en que ha realizado su proyecto de crear una nueva residencia en Oriente para los emperadores”[2].

La acción, en tanto transformación de la figura del mundo con vistas a un fin, implica siempre una negación del mundo tal como este se muestra. Cuando el para-sí realiza una acción niega el orden vigente del mundo. Sartre señala que dicha negación se lleva a cabo a partir de un retiro de la conciencia del ser al no-ser. “Esto significa que, desde la concepción de la acción, la conciencia ha podido retirarse del mundo pleno del que es conciencia y abandonar el terreno del ser para abordar francamente el terreno del no-ser”[3]. El no-ser es aquello que opongo al ser y que termino por elegir. Es decir, el mundo es de una manera determinada, noto una carencia en él e imagino un mundo en el cual esa carencia es anulada. Este mundo sin la carencia no es más que un ideal. Sin embargo, cuando actúo lo que hago es negar el mundo que “es” en pos del que “no es”.

Para Sartre esto revela el fundamento de la acción. Dicho fundamento no es otro más que la libertad. Es el para-sí quien logra alejarse del ser pleno del mundo. Tal lejanía sólo es posible a partir de que él es libre. A su vez, Sartre remarca que el mundo no posee una carencia que deba ser saldada. En efecto, el que “descubre” la carencia es el hombre y la “descubre” al confrontar el mundo que “es” con el mundo que “no es”. Cuando menciona la cuestión obrera, Sartre remarca que no son las condiciones miserables de vida las que hacen que el obrero intente transformar el mundo en el cual es explotado sino la vivencia de ellas como condiciones miserables.

“Pues aquí es menester invertir la opinión general y convenir en que los motivos para que se conciba otro estado de cosas en que a todo el mundo le iría mejor no son la dureza de una situación ni los sufrimientos que ella impone; por el contrario sólo desde la luz; por el contrario, sólo desde el día en que puede ser concebido otro estado de cosas una nueva luz ilumina nuestras penurias y nuestros sufrimientos y decimos que son insoportables”[4].

La explotación se vive como tal sólo cuando se piensa en un estado de cosas donde ella no exista. A partir de este estado de cosas ideal se intenta terminar con la explotación. La acción, pues, requiere de un móvil. Este se presenta como dicho estado de cosas ideal que en el presente es una pura nada. El obrero “tendrá que concebir una felicidad vinculada a su clase como puro posible –es decir, como cierta nada actualmente-; por otra parte, se volverá sobre su situación presente para iluminarla a la luz de esa nada y nihilizarla a su vez, declarando: yo no soy feliz”[5]. La acción, por tanto, nihiliza la realidad presente teniendo como móvil la nada actual.

Sin embargo, si bien Sartre afirma que no hay acción sin móvil no acuerda con los deterministas, para los cuales este sería la causa de la acción. El móvil se presenta dentro del conjunto de proyecciones que constituye el para-sí y a partir de ello adquiere la estructura de móvil. Es así que no es causa sino parte de la acción. “Los motivos móviles no tienen sentido sino en el interior de un conjunto pro-yectado, que es justamente un conjunto de no-existentes. Y este conjunto es, finalmente, yo mismo como trascendencia, soy yo en tanto que he de ser yo mismo fuera de mí”[6].

La acción es, por tanto, una transformación del mundo cuyo móvil es una negación de dicho mundo. Dicha negación no es más que el hombre mismo.

[1] El ser y la nada, p. 459.
[2] Ibíd., p. 460.
[3] Ibíd., p. 460.
[4] Ibíd., p. 461.
[5] Ibíd., p. 461.
[6] Ibíd., p. 463.

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