La náusea

sábado, 21 de marzo de 2009

Marxismo y filosofía

Maximiliano Basilio Cladakis

En la introducción de la Crítica de la razón dialéctica Sartre sostiene que no hay más que una filosofía “viva” por época histórica. Tal afirmación se desliga de la concepción que Sartre tiene de la filosofía. Para él, la filosofía es una “(…) abstracción hipostasiada (...) [1]; es decir, que la filosofía surge, toma su ser, del mundo histórico. Sartre divide entonces a la filosofía moderna en tres etapas: una etapa inicial representada por las filosofías de Descartes y de Locke, una segunda cuyos mayores exponentes son Kant y Hegel y una tercera (que continúa siendo la vigente hasta pasada la mitad del siglo XX) que es la de Marx. La primera representaba a la burguesía de comerciantes y banqueros, la segunda a la burguesía industrial, la tercera al proletariado como clase social emergente.

“En primer lugar (la filosofía) es cierta manera de tomar conciencia de sí de la clase ascendente; y esta conciencia puede ser neta o confusa, indirecta o directa: en los tiempos de la nobleza de toga del capitalismo mercantil, una burguesía de juristas, de comerciantes y de banqueros, algo captó de sí mismos a través del cartesianismo; siglo y medio después, en la fase primitiva de la industrialización, una burguesía de fabricantes, de ingenieros y de sabios se descubrió oscuramente en la imagen del hombre universal que le proponía el kantismo”[2].

La filosofía surge del mundo histórico; sin embargo Sartre está muy lejos de pensar algo semejante a la teoría del reflejo. Por el contrario, la relación entre ella y aquello de donde surge es una relación dialéctica. La filosofía surge del mundo histórico pero también actúa sobre él. “Toda filosofía es práctica, aunque en un principio parezca de lo más contemplativa; el método es un arma social y política”[3]. Para Sartre son cuatro los rasgos distintivos de la filosofía: ella es idea reguladora, arma ofensiva*, comunidad del lenguaje y totalidad del saber. La filosofía es un saber omnienglobante en el cual se conjugan teoría y praxis, es el saber sistematizado y sistematizador de una época y de una clase social.

La filosofía da cuenta del mundo histórico operando a su vez sobre dicho mundo histórico. Es por eso que cuando una filosofía entra en crisis significa que la época, de la que dicha filosofía es el correlato, entró también en crisis. Para Sartre, las distintas fomas en que se presenta la filosofía “son insuperables en tanto no se supera el momento histórico del que son expresión”[4]. Unos renglones más arriba mencionamos los tres momentos de la filosofía moderna. Pues bien, para Sartre tanto Descartes como Locke y tanto Kant como Hegel fueron superados ya que los momentos históricos de los cuales surgieron fueron efectivamente superados. No así el marxismo. Este no fue superado ya que las condiciones que lo engendraron no han sido superadas. Es por eso que Sartre sostiene que la única filosofía de nuestra época es el marxismo. Hay clases sociales, hay explotación, el capitalismo es el sistema de producción imperante. El marxismo, entonces, no ha sido superado; él es el único sistema que puede dar cuenta de la realidad y operar sobre ella en beneficio de la clase ascendente, es decir, del proletariado.

“Una pretendida superación del marxismo no pasará de ser en el peor de los casos más que una vuelta al premarxismo, y en el mejor, el redescubrimiento contenido en la idea que se pretende superar”[5]. Según Sartre, las críticas al marxismo son, prácticamente, imposibles. Esto no significa, en modo alguno, que el marxismo se presente a modo de un dogma, ni mucho menos. El marxismo es una totalidad en devenir, es un sistema abierto, es el Saber real de nuestro tiempo. Y aquí Sartre se percata del problema que esto representa.

Sartre publica esta obra en 1960, y observa que en ese momento, el marxismo se encuentra en un estado de esclerosis. En efecto, la teoría materialista del estalinismo comprende a la dialéctica de manera abstracta. El desarrollo de lo real es pensado como el desarrollo de la materia a través de etapas de tesis, antítesis y síntesis. A partir de este modelo se explica la totalidad de lo existente sin tomar en cuenta las particularidades históricas. No se piensa, pues, el mundo sino que lo que se piensa es la manera de “acomodar” lo existente a la teoría pautada de antemano. Esta dialéctica, a su vez, instituye una necesariedad causalista que hace que todo el movimiento esté determinado, por lo cual la historia tendría un fin ineludible (en este caso la Revolución comunista)*.

Este marxismo habla de dialéctica; sin embargo dicha dialéctica es, aunque se diga materialista, absolutamente idealista. “En el caso que nos ocupa, resulta evidente que estamos frente a un idealismo que ha robado las palabras de la ciencia para nombrar a algunas ideas de un contenido tan pobre que se ve la luz a su través”[6]. En efecto, esta dialéctica dogmática es pensada como un sistema de ideas a priori que fuerza a los hechos para que estos se amolden a ella. Su idealismo es aún mayor que el de Hegel ya que esté introducía lo particular como momento del desarrollo de lo universal, mientras que la dialéctica dogmática destruye lo particular. De lo que se trata es de una mala apropiación de la dialéctica marxista. En efecto, Marx jamás concibió a la dialéctica de esta manera. Por el contrario, para el pensador alemán, la dialéctica era el intento de pensar el movimiento de lo real, y, como tal, jamás podría reducirse a un mero dogma aislado del devenir histórico*.

El marxismo, por tanto, se ha transformado en un reduccionismo economicista que no puede dar cuenta del mundo histórico. Esto conlleva a que se haga la historia sin saberse. Para Sartre la praxis comunista (es decir la de los partidos comunistas que se subordinan a Moscú), si bien es criticable en ciertos aspectos, es una praxis revolucionaria. Sin embargo la teoría comunista (que no es otra que el marxismo dogmático) no se encuentra en correlato con ella, lo cual implica que la teoría se encuentra escindida de la praxis. “El marxismo se ha detenido; precisamente porque esta filosofía quiere cambiar al mundo, porque trata de alcanzar el devenir mundo de la filosofía, porque es y quiere ser práctica se ha hecho una autentica escisión que ha dejado a la teoría por un lado y a la praxis por otro”[7].

Este fenómeno hace que Sartre se proponga revivificar al marxismo y para ello se vale del existencialismo. Aquí es importante señalar la diferencia existente para el pensamiento sartriano entre el Saber (la mayúscula la utiliza el mismo Sartre) y la ideología. Como dijimos, el Saber es la totalidad sistemática que da cuenta del mundo histórico y que opera sobre él; la ideología representa esferas relativas que, o bien operan integradas dentro del Saber acondicionando ciertas teorías o extendiendo los territorios de estas; o bien, intentan negar, desde su relatividad, dicho Saber, representando alguna filosofía ya superada por la historia. El existencialismo tiene el status de ideología. “Y ya que tengo que hablar de existencialismo, habrá de comprenderse que para mí sea una ideología; es un sistema parásito que vive al margen del Saber, al que en un primer momento se opuso y con el que hoy trata de integrarse”[8].

Para Sartre el existencialismo debe integrarse al marxismo puesto que sólo él puede volverlo hacía lo concreto. Esta integración se presenta, entonces, como una necesidad del marxismo, y, prácticamente, como una necesidad histórica en tanto es la única posibilidad de que teoría y praxis dejen de estar escindidas. El existencialismo piensa lo particular y eso es lo que al marxismo, en su etapa de detenimiento, le falta. Dicha integración será uno de los objetivos centrales que Sartre se propondrá al escribir esta voluminosa obra.




[1] , Jean-Paul, Crítica de la razón dialéctica, trad: Lamana, Manuel, Losada, Buenos Aires, 1970, , p. 15.
[2] Ibíd., p. 16.
[3] Ibíd.
* Esta idea de comprender a la filosofía como un arma es una idea muy presente en Marx, principalmente en Crítica de la filosofía del derecho de Hegel.
[4]Crítica de la razón dialéctica, p. 16.
[5] Ibíd., p. 18.
* El libro El desarrollo en la naturaleza y la sociedad (Platina, Buenos Aires, 1962) es un buen ejemplo de esta “mala dialéctica”. Se trata de un conjunto de artículos escritos por distintos autores soviéticos. En él se comienza con el desarrollo de la materia inorgánica para concluir en la Revolución. Todo el proceso sería una dialéctica cuyo primer momento (la formación de la materia inorgánica) ya estaría determinando el último (la Revolución).
[6] Ibíd., p. 161.
* Tal vez uno de los ejemplos más claros de la puesta en acto del método marxista sea El dieciocho Brumario. En esta obra, efectivamente, Marx aplica su método dialéctico para la descripción de un hecho histórico concreto. Podemos ver que allí en ningún momento se realiza un “forzamiento” de los hechos para que estos se ajusten a un modelo teórico pre establecido. Por el contrario, en esta obra se describe e intenta comprender el movimiento “vivo” de los hechos.
[7] Ibíd., p. 28.
[8] Ibíd., p. 18.

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